Azulado permanezco ajeno a
todo cambio. Los azules del azul convidan a permanecer en ellos, a esforzarse
por formar parte. Aunque toda quietud es ruina de añejos colores acechando.
Soy azul. Mi piel cubriéndome
coloriza interpretaciones ajenas al perpetuo cambio de rutilantes perspectivas.
La arena, amarilla, a veces clama por erradicarme. Sin embargo yo, el mar,
pululo sus convexidades hasta derruirlas y atentarlas con estelas de profundos
ríos mortuorios.
Soy azul. Cada parte de mi
cuerpo se ensancha y amontona granos de agua en mi mano hasta arrojarlos
nuevamente sobre las superficies. Que sean minúsculos, arredrados e
incipientes, no deshace mi ambición de ser humano. Es que podría seguir siendo
azul si me pintara, pero jamás sería semejante a ellos, a los otros que
–vitales- secuestraron mi destino tirándolo al mar.
Aunque haya renacido dentro de
los océanos hasta formar parte de ellos, por más inquietud de emerger y habitar
las superficies secas, no iré si no antes recubra todos los paisajes con firmas
goteando.
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