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21/10/17

Hombre pasto

Cotejaba disecciones bajo la tierra de una pradera. Entumecido, temía elevarse, el hombre de pasto bajo la clemencia de los cielos inusitados.
Abría un ojo, abría otro; durante eternidades había estado sumergido bajo el césped. Ahí había nacido, ahí su vestimenta había sido siempre verde. Y, mientras cacofonías disidentes temblasen en torno, intuía que devenían desde otros sitios.
Aquel hombre quería conocer. Quería saber qué había sobre él y en sus alrededores. Quería erigirse. Quería caminar, saltar y, durante un broncíneo espectáculo de pasto, asemejarse a los árboles. Y, cuando su cuerpo se sostuvo verticalmente, vio al sol.
Estrépitos de máculas cimarronas atosigaron su cuerpo. El astro volcó su fuego hasta que bebió la savia roja de sus huesos de tallos. El cielo detuvo miradas con nubes carboníferas. Y el llanto del hombre pasto, y sus anhelos, se transmutaron en una huida bajo la superficie. Donde había aceptado un sitio afín y posible.

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