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6/10/17

Contemplación

Deletreaban orificios de aguas cayendo. De aguas horadadas, aquella multitud, al refugiarse y dialogar con la supuesta desgracia.
Solía llover; solía clarearse; solían aguaceros; solían claridades, al ver aquella atmósfera. Y nadie permanecía fuera. Nadie espectaba aquellas mareas carcomiendo suelos durante un verídico triunfo modesto.
Y la tormenta caía, y la tormenta cesaba. Y la multitud, en vez de auscultar cada arbitrio celestial, huyó. Pero en la frontera de los vientos exigió agua, pidió beber.
Ninguno supo que aquellas lluvias deleznaban las decisiones, y tomaron sus almas, y, sin otro hombre vivo, no se detuvieron.
Ninguno supo que aquella agua era divina, ni que había optado por quitarlos. Ninguno avistó la cola del escorpión venenoso construyendo una estatua que relatase su vínculo con la contemplación. Envenenamiento predilecto dentro de una multitud durante su éxodo.

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