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16/9/17

Crece

Cápsulas de reverencia prometen un prolongado letargo. Sinuosas por el brío; clandestinas por emanaciones; restringidas por el suero; meditabundas por los engranajes; temerarias por el único sedante, reserva la habitación.
Si ese hombre querría rellenar su dormitorio con ellas, no cabrían decisiones por invadir. Si ese hombre ufanase plétoras de vivientes hojas, esas plantas inundarían prontamente.
El hombre sabrá atiborrar su lecho con plantas enmacetadas. El sabrá pulimentar a resguardo cada una de sus flores. El sabrá erigirlas, dotarlas de semillas que volarán entre telas de una tenue habitación donde dormirá.
A veces las plantas deshacían sus quereres de movilidad quedándose en la misma tierra, para no variar sus ángulos.
El hombre no lo sabía; la planta sí. El vegetal colmaría todo espacio con sus raíces asfixiándolo. El hombre no lo notaría, la planta comería a quien tras ardides volcara las aguas con su póstumo aliento.

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