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12/8/17

Desaparición

Deteniéndose ante la esfera, ante el mundo, un océano murmura. Inquirires de las aguas dicen, y desdicen, imposibilidades por descender.
Es que no hay tormentas; no hay sol. No hay luna. No hay vegetación, animales ni ser vivo alguno. Los desafueros de los fructíferos cambios reinan sobre otras cosmogonías. Y las afrentas, lo bélico, rinde pesares hasta glorificarse.
Aproximándose ante el mundo, hay vientos que mueven rocas. Ellas dicen, y desdicen, sobre los suelos, que no habrá jamás anquilosamiento alguno, que no habrá destiempo ni existencia; sino, tan solo, arena y piedras que correr.
Entonces, las mareas no desafían caerse hasta lo profundo de interminables rocosidades andando. Ellos, los océanos, no incurren de ninguna forma. No descienden, no ocultan. No asfixian.
Sin embargo pocas gotas serían necesarias. Porque pocas gotas darían forma a las rocas, para marcar, para detallar, el símbolo de la extinción.

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