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6/5/17

Profundidades

Emergía hierro desde las profundidades cavernosas. Cada tallo ferroso punzaba y, durante horas, se elevaba más y más.
Símil a la vegetación, el metal se suspendía al atravesar la superficie terrestre. Superaba en altura a los árboles, sus troncos y frutos. Y lo superaba, asimismo, en muertes; es que el hierro asesinaba; y no solo animales, sino también hombres.
Para eso mismo, para hincarse bajo la piel y revolver los interiores, la ferrocidad era veloz. Audaz. Sagaz. Prometiéndose hilvanar cortejadas abejas, zumbaba, emitía un sonido que anticipaba su ataque. Los hombres lo notaron y, bajo sus cabezas ya no hubo órgano que funcionase.
Y había sido aniquilada toda la población, y no restaba hombre, mujer o niño.
Y se había formado una figura de ser humano con algunos hierros. Nadie hubo para apreciarla; nadie para adornarla. Y ante los pacíficos ademanes para culminar las guerras, los hierros lo habían hecho. Lo habían hecho, pero asesinando a todo ser vivo.

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