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4/2/17

Reinado

Fruncían leña entre el fuego abastecido. Hacía luz, hacía destellos, esa llama jadeante provocada por aquellas personas gritándose revuelos.
Ardía la Tierra, ardía su núcleo. Desesperadamente convergía y desenvolvía iluminándolo todo. Es que la fronda y ramas de los árboles se veían blanquecinas. Es que el suelo, los lagos y el mismo espacio entero quedó iluminado. Es que el fuego de esa fogata, sus llamas, aturdían con luz blanca alcanzándolo todo con bravura incontenible.
Y la iluminación se impregnó en los objetos, y el blanco obturó otros colores -si él lo era-. Y las curvas, y las rectas, sembraron huellas para una cosecha geométrica.

Y nadie lo supo, nunca; nadie se enteró que aquellas personas eran Dioses; y, así, su fuego.

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