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28/1/17

Memoria

Transcurría, un hombre, una senda decorosa. Propiciaba ilimitar el recuerdo; prometiendo de esa forma, aniquilar cuanto olvido sobrellevase.
No había sido un caminar prolongado ni atiborrado con descansos. Sin embargo hubo uno, un detenimiento, una serena contemplación. La mediatez con que se evidenció esa determinación por inmovilizarse, prefirió ser cauta, anheladora de presagios; la inmediatez con que se delimitaron los tiempos y espacios enfrentó huidas pecaminosas hacia un cielo revelador. Y, aunque se toleró el hito del caminante, los objetos no hicieron más que mirarlo.
El banco desoye el parlamento de los edificios restregando ruido hacia las otras construcciones humanas. El piso, ese suelo que lo contuvo, nota qué ha observado, qué ha visto, quien, sólo ufanando, atrae todas las consciencias hacia sí; todas las consciencias de los objetos.
Y al retirarse, una figura corpórea, donde él había caminado y detenido, permanece. Durante sus pasos, durante su quietud. Solamente los objetos ven esa reiteración que como relámpago destierra asombros desde las fosas con penitencias arcanas. Solamente los organismos sin vida ven; sus recuerdos, sus repeticiones una y otra vez solidificándose perennes.

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