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21/1/17

Flor

Imperaba con certeza aquella flor. Deviniendo desde un tallo hacia su minuciosidad aérea, venía a propiciar su permanencia sobre cierta altura.
El sol, el día, hacían de la flor un acuario de horizontes reflejándose curvos. Un temido abandono; un pavoroso dormir. Es que ella se abría, y ofrecía su plenitud ante los aires benefactores con sus argucias. Y ante la iluminación del astro dormía, abierta, hasta que durante la noche se cerraba y despertaba.
Vigilia áspera convertía la noche, la luna, en un frenesí de imágenes descompuestas. La flor, cerrada, ya había dado su vulnerabilidad al sol que, meditándolo todo, decía, planificaba y enseñoreaba tallos y hojas sosteniendo.
Durmiendo bajo el sol diario, despertando ante la noche; abierta, ostentando su vulnerabilidad, cerrada y custodiando sus extremos, la flor ahuecó, sinceró y crepitó, lo inspirado.
Ya no volvería a ver el astro, ya solo vería la luna; ya impensó una ficción, cruda y emblemática; ya nunca interpretaría otra variante.

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