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24/12/16

Juramento

Aseguró, siendo fiel presagio, vengarse. Lo hizo durante el último bombear de su corazón; lo hizo mientras el estampido, el latigazo sangriento se echó entre las arterias, bajo la piel.
Luego de morir su cráneo fecundo temió horadar las profundidades de la tierra, de esa arena donde él había perdido la batalla, la deshonra, la guerra y su consiguiente paz. Laceró, su cuerpo, la multitud; y sin librarlo con un ápice de sutil fiereza, lo domaron hasta retorcerlo.
Cuando feneció le hicieron una estatua de piedra. Ella estranguló sus cicatrices y llagas hasta depararlo de pie en frente de la muralla lejana. Y la estatua fue venerada, sí, elogiada y atestiguada por todos.
Entonces, aquel hombre antes de morir, había jurado vengarse.
La piedra de la estatua comenzó a erosionarse. Se derritió la pintura atravesando dispares crepúsculos diseminados. Y la venganza se preparaba, mientras, hasta socorrer con ese polvo arenoso cada pulmón hasta hendirlo. 

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