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8/10/16

Asimilable

Separaba, la materia, lo sólido ante sí. Crepusculaban expectantes maniobras para revelar los límites, las finitudes, de cuanto material diletaba.
Así, de esta misma forma, este mismo principio había sucedido desde el inicio. Desde los orígenes del universo, del mundo, del hombre, había acaecido este axioma. Y había un sujeto que lo notaba hasta paralelizarlo ante columnas de un volcán deforme. El consideraba la posibilidad de atravesar las sustancias sólidas, como las líquidas, como las gaseosas; él remitía todo acuerdo divino improlongablemente, hasta subsanarse, hasta culminarse, el atrevimiento dicho por la materia cuyas pautas fueron impedir su cruce.
Había un bebedizo, decían; había una bebida capaz de permitirlo a quien o quienes la ingirieran. No exigía nada a cambio. Es más, daba tempestades de experiencias, tramiteos confiables y hasta un término del efecto mediante su remedio, su cura, mediante otro bebedizo opuesto al primero.
Ese hombre buscó la bebida. Ese hombre la bebió, completamente, la incorporó a su organismo. Y ese hombre vivió centurias aplicándose a doctrinas que permitían los atravesamientos materiales.
Cuando aquel hombre saltaba, se dirigía más allá de los cielos pero al caer iba más allá de los suelos. También cruzaba paredes, frutas, vehículos y sentencias. Y al intentar deshacer ese fenómeno, buscó el bebedizo opuesto; lo encontró; lo ingirió pero ya había transcurrido demasiado tiempo: no lo pudo asimilar quien, ya pronto a mimetizarse con todo sólido, vio ese líquido cruzar, vio ese vidrio estallar y su cura impronunciarse.
Quien hubo asimilado el universo y sus elementos, no pudo adquirir los permisos y condiciones del otro bebedizo. Así atravesó diversos aspectos de la materia, sin piedad, sin misericordia, hasta desear horadar los agujeros mismos.

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