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24/9/16

Similitud

Sobre el abismo resonaba un movimiento, un crepuscular sentido. Fuera de signos clarividentes y asintomáticos, demostrados, refulgían, hasta ceder, hasta comprobar, eternas aguas componiéndose letales.
Es que había un remolino en el mar. Antecedido por preámbulos mareados, decía ser oreja del único rostro marino. Decía ser auténtica cara vista por los vientos y atravesada por barcos; decía ser cara sin cuerpo, aunque a veces, escasas, explicaba perderse bajo las profundidades. Y el remolino era una oreja, y la oreja tenía un oído, atento, quieto y sumergido.
Ese oído pertenecía al fondo del océano. Pertenecía a longevas particiones sin resultados devenidos, ese oído refractando dudas; cavilaciones por ignorar, por desconocer su latido.
Entonces se detuvo el remolino, la tormenta. Se disolvió el rostro y, con él, la oreja. Así, la cara variaba de postura, su posición encrudecía otros perfiles dándose hacia el cielo. El único y último testigo registrando la fisonomía de los abismos del agua.

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