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16/7/16

Sentido

Al creer, aquellas personas derribaban atosigados deslumbres hasta iniciarse metódicos. Circunspectos en creencias, mecanizados en idearios propios de quienes perseveran según sus religiones.
Y creían en dios. Aquellos, maquinariamente, utopizaban los realismos hasta enfrentarse con el libre pensar; sus ideas, sus consignas, sus días y noches no variaban excepto en librar belicosidades cuando en torno incidían.
E implicaba que lloviera fuego y erupcionase agua cuando en dios creían. Implicaba darse contra refugios con alambrados de césped, de carne y cemento, de intrincados dominios donde seguían anquilosados; donde continuaban meditabundos y errando sobre la última faz del planeta hasta cerrarlo cifrándolo en detallismos dados desde dibujos invisibles.
Pero cuando eran ateos, no. No llovía fuego ni erupcionaba agua. Llovía agua y erupcionaba fuego.
Durante los tiempos en que eran ateos, todo lo evaporable se convertía en nube y todo cielo en reglamento decodificado. Durante aquellos tiempos, aquellas personas consecutaban rígidas pesadumbres hasta extrañar, perseguir e ilusionar, aguas de fuego; lava que sin arder lamería suelos donde verterse sería dicha, consuelo, y no, máquina, precipicio y arista de un cubo orbitando. 

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