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16/4/16

Semilla

Curtían ciertos árboles con semillas pródigamente. Caían desde alturas hasta concebirse justa ofrenda para los campesinos; pero no, jamás, para creerlas dignas.
Pujas por instaurarlas bajo toda tierra era supuesta causa ambicionándose futura cosecha de similares árboles. Los efectos de las semillas fructificarían en cada campo, en cada vecindad y otroro púlpito. Las desgranadas ensoñaciones por liberar vastedades de ofuscos horizontes harían, con otro paisaje, beneméritas regulaciones estéticas. Mientras, las nimias plantas, sus tallos, sus cadencias, arruinaban vistas ante los hombres ufanando asfixiarlas; pretendiendo ritmarlas con estupor, con decorosos nidos y fornidos encumbramientos.
Pero crecieron edificios de esas semillas. Uno al lado del otro asistió hasta colmar los campos, las casas, los lagos. Y, desconcertados, los hombres se deshicieron de aquellas deparándolas donde las hubieron hallado; y, esta vez, sin enterrarlas.
Desconociendo los efectos, un hombre había dicho que aquellos árboles eran sagrados. Dijo que reinaban más allá de los límites terrestres y que en el mismo cielo adornaban a los dioses.
Dijo que una burla hubo sido planeada y, su vaticinio sugiriendo membrar a cada semilla, fue todo lo que oyeron. Y desde ese entonces, desde la siembra y elevación de edificios desterrando cualquier especie móvil, los campesinos aplacaron con fuego los orígenes, las causas de las construcciones.

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