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2/4/16

Bajo el hierro

Cubre un cuerpo de hierro a sus semejantes. Imparte coberturas ante el sol, esplendor de quietudes despertándose. Y, bajo altas temperaturas, comienza a derretirse.
Su cuerpo oblongo proclama dicterios bajo especulantes miras. Proclama oscuridades, proclama un hito conversacional donde poder argüir innúmeras supervivencias. Bajo él hay otros; otros ferrosos, otros acuarteladamente imparciales frente a los fulgores del astro. Bajo él hay siembra, penitente, exhausta y marchita entre sombras de una incineración causal.
Sol que prohíbe exclamaciones; sol que impide delegaciones de hombres de hierro simultáneamente esforzándose por no evaporarse, es fueguina luz corrompiendo auges con cimientos alterados.
La luz permite sombras. La luz esclaviza elementos dándoles desplazamientos de oscuras proliferaciones; y, ante su predominio, cadencias de arrobos herbívoros aquietan.
Aquel hombre de hierro comienza a derretirse. Se evaporan sus brazos, sus piernas y cuerpo entero. Adiestrado en el ensimismamiento oportuno, declara implorarse contra las luces radiantes. Y, al desvanecerse y elevarse, se transforma en nube. Una de hierro, una opaca y cuantiosa: una obturante.
Esa nube obstruye al sol. Restringe sus fisonomías y cualidades respecto al resto de los hierros vivientes. Ellos no ven más que asequibles náuseas con instintos cadavéricos. Ellos desatan templanzas y sobreviven mientras, permaneciendo quietos, aquel primero logra vencer cada exterminio.

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