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5/3/16

Jardín vivo

Los transforman en vegetales con tierra y una maceta. Tiñen, sus coloridos, náufragas semillas sin soles adormeciéndolas y, tras un mecanismo lento, purifican cráneos.
Las habían ubicado con seniles agrietamientos substituyendo sus cabezas. Aquellas personas remordían un dolor exhausto anfitrionándose morfológicamente.
El había escogido personas para prolongarse, para expandirse mediante una vívida semilla en cambio. El había diseñado una maceta que remplazara el cráneo; y, dentro, una planta creciendo álgidamente hasta vilipendiar extractos de savia en pugna.
A través de los días y noches, una temible oscuridad palabreó su escarnio desestimándolos en vegetales con movimiento. Sus insectos corroían por dentro, por fuera, hasta la transpolación intacta de la variación.
Los hombres, aquellos que hubieron sido transformados, buscaron tierras donde hundirse hallando solamente pavimento sólido y pueril. Y jamás detuvieron sus ufanaciones; jamás replegaron sus ansias hasta caer, volcarse y, secándose bajo el sol, temerlo durante.
Desde entonces sé que un árbol lo hizo. Moviéndose poco a poco alcanzó su teatralidad compromisos siempre utópicos, aunque difamatorios, aunque inservibles. El gran tronco impidió que aquellos hombres -ya plantas- se instalaran a su lado, pero se permitió verlos. Miró una cadena convivencial hasta sus cadencias, y desposeídos y anhelando presagios de su multiplicación inherente. 

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