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6/2/16

Creencia

Algunas divisiones acuartelaban paseos en torno. La multitud deshacía hogueras de tráficos pesadumbrosos; y rehacía inmiscuiciones sobre verdades siderales.
Aquellos habían limitado su camino en medio de una frontera. En línea recta habían andado hurgando por uno de sus lados, y por el otro. Nada impedía que visitasen ambos espacios limítrofes durante su recorrer, durante su estima plausible: su conocer.
Desconocían una frontera material, un rechazo ante sus andanzas que en dos lados se verificara. Los aspectos de las tinieblas se iban tras haberlos ensimismado con pisadas acontecidas. Las náuseas por ambivalerse retiraban fauces de hoyos oscuros con animales alados. Y así habían llegado ante el término, locuaz homenaje con yuxtapuestas variaciones.
Habían visto un muro. Habían visto una pared. Habían presenciado el pudor de los conflictos, su radiante estropicio en malentendidos ciñéndose.
Aquellos quisieron treparlo, horadarlo; pero el hormigón no lo permitía. Unos saltaban, otros solo veían, hasta que descubrieron su significado. Fue la pared de las creencias interpuesta ante su andar. Fue la osadía de un golpe lastimándolos paupérrimamente. Y ninguno esperó, ninguno sustrajo convicciones evidentes.
El muro se elevó hasta sombrearlos, y disecó mantos de pieles recubriéndolos con petulantez ilegítima. Quienes, perturbados, se opusieron a su existencia, no perduraron sino perjurándose. Quienes se retiraron solamente mordieron del atrio de cada creencia ortodoxa matices de cerámicas ideológicamente libres.

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