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16/1/16

Similar abismo

Tenía un hoyo, un agujero en su pecho. Cada uno de sus recuerdos había hincado su profecía angustiosa hurgando colmarlo.
Remembranzas de solapados escapismos habían mellado al hombre; lo habían atentado, maltrecho y desahuciado. Sin poder realizar su existencia con el puje de sintonías casuales, a todo otorgaba una memoria instantánea, actual y proba. Todos sus presentes se convertían en ademanes de un único efecto proclamándolo en demasía memorioso. Los ápices de tertulias sofisticadas ahuecaban su sino con ediciones de inconvenientes resultados y, mientras, el agujero en su pecho ya lo atravesaba.
Decía, el resto, que buscase el jardín de los olvidos. El plácido abandono, el determinante despido. Y se retiró, aunque acumulando más memorias sustrayéndolo de su cuerpo en una mera vacuidad volátil.
Ya ansía, ya ufana; quiere terminar su recorrida en ese parque aferrado a los pasados jamás vueltos a nacer. Su ser late, sus prófugas convicciones alertan tras malentendidos ciertas directivas difamándose. Su pesquisa concluye, se ata con juncos de una maleza firmamental donde cada vez resuena con mayores bríos su clemente espera.
Ya lo ve, extingue miramientos y longevidades ante lo que pudo haber sido su existir sin cuerpo alguno. Y halla el jardín de los olvidos, recuenta los azares hasta cifrar un caminar ondulante y acechado por más memorias. Pero en vez de un plano ve una fosa, un agujero similar al de él excepto por su mayor tamaño.
Se inclina y grita; recita cada uno de sus remembranzas hasta parecer saludado por una oscuridad irretornable: la grieta. Da un paso y cae. Cae perdiéndose en holocaustos de un solo significante, de un solo sentido buscado. Cae. Cae hasta que el hoyo lo ingiere y devuelve, con su desaparición, atinos de magias olvidadizas.

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