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30/1/16

El mosquito y el hierro

Clavaba su pico un mosquito sobre hierro. Agudizaba su molecular cuerpo, y establecía picaduras sobre metales desdentados.
Alejado del resto, miraba amplitudes ferrosas con un mero propósito, con un unívoco objetivo: alimentarse. Hacía su boca desmanes sobre los aires después de hincarla. Clareaba cielos nocturnos durante tiempos de oscuridades paleontológicas hasta decirse, y cifrarse, mosquito subjetivamente.
Los eremitas aledaños conjuraban versos ante él, incomparables con su lógica picación. Destellaba nominales treguas aprehendiéndolas exhaustivas. Y, en los rincones, dormía hasta el próximo arrendamiento de plazas concluyentes.
No había picado ser humano alguno; desconocía tales tratos y exploraciones. El mosquito, agudo, certeró sus ambigüedades anhelándose cristal bajo presas de un rigor absoluto. Y cuando ingería hierro se parcelaban dicotomías entre huesos metálicos brillando hacia indiferencias de otros universos.
Pero durante una respetable noche aquel picó por última vez y, al hacerlo, se convirtió en hierro. Toda corporeidad lo permite, todo contrato ideario lo circunscribe. Y así voló hasta su origen, hasta los céspedes de soñadas andanzas. Y voló hasta las nubes, y al descender picó a otros mosquitos débiles.
Había ascendido en un vuelo sin retorno para confabularse con los dioses. Jamás regresó, nunca impactó más mosquitos; aunque ellos, en su devenir trinante, buscaron otros hierros para picar.

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