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5/12/15

Nubes de hierro

Roían las nubes el quieto cielo. Aseguraban un espectáculo sagaz; intrépido aunque temeroso, mordiente aunque con cerradas mandíbulas.
Los hombres que veían nubes de hierro encima, participaban de un exquisito examen hasta desproveerse de todo ingenio. Ignoraban qué pasaría, por más especulaciones perpetradas allende sus conocimientos. Y los pavores de cartas maléficas con remitentes desconocidos; aquellas hordas de vapor materializado en metal inmuto, restregaban sobre el cielo climáticas tertulias de tiempos olvidados.
Hasta que temen descensiones que los aplastasen no permiten otras posibilidades. Temen postrarse ante ellas cuando quizás al ver vientos y sentir sus colores la realidad demostrase quietud. E inmolan ritos para desviarlas hacia otros espacios, otros sitios donde no hubiera personas. Pero los hombres suponen –creyéndolo imperativo- en que podrían descender. Es más, creen hasta en que podrían ascender mutilando a sus dioses.
Moverán las nubes de hierro conflictos desencadenándose. Morderán cada ave, cada vapor hasta sedimentarse y erigirse siendo único símbolo de una alteración existente. Y solo mordiendo podrán sujetarse, sin caer ni elevarse, sostenerse con cerradas mandíbulas de gratitud ante horas materializadas.

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