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12/12/15

Devora

Durante su sigiloso recorrido, observa. Días venturosos desapropian a la víbora de su cueva; se refugia en otros hoyos, en otras esferas con poderes mitológicos.
Serpentea hasta una colina. Es de día: desde ahí es posible ver el sol. El le habla, comunican sus palabras significados austeros remitiéndose a estropicios prontos a suceder. La víbora salta, cae y mira nuevamente hacia él. Instaura objeciones paganas ante refulgentes quiebres de melódicas raíces; plantas sin tallos ni forestaciones donde existir.
Ambos se contemplan, ambos se conocen. Ella se mueve hacia él, se acerca, y abre la boca. El astro lumínico y desdentado siembra severos compromisos aunque ese animal descrea. El sol planea, vertiéndose entre cielos de otros devenires su vuelo, el último. Y, ya dentro de la víbora, consume un ápice, un resquicio de plausibilidades consecuentes.
La serpiente mira hacia las oscuras alturas. Concibe una eterna noche donde claustro y penitencia desharán conformidades.
La serpiente mira hacia las profundidades; y decide, y manifiesta, ser único espacio para ocultarse con el sol hasta el principio de los fines jamás visibles.

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