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10/10/15

Presión

Distinguía cuatro paredes, un suelo y un techo dentro del cuarto. Las disonancias sonoras no provenían de afuera, sino del centro de la habitación.
A menudo suele aconsejar una pared su desazón por la inmutez. Suele corregirse su nomenclatura partiendo de leves movimientos desde el centro hacia el exterior. Abrir espacios, cerrar los devaneos. A menudo esos fenómenos cautelan sobre incipientes cerramientos falsos; acerca de copiosas cerraduras impidiendo brusquedades de desatinos perturbables. Las excepciones, las sorpresas, conjeturan síntomas de ardillas yendo hacia las profundidades de mares acuartelados. Pero en esta habitación el sonido conducía las paredes hacia el centro.
Apresado, comprimidos los aires por las tropelías de un claustro temperamental, mordí el techo, el suelo. Mastiqué mis huesos hasta anquilosarme y caber dentro. Aunque la salvación estuviera dada por el cese de ese sonido, las paredes continuaron asfixiándome dejándome solo ver, mirar hacia el techo concluso con resplandores de una muerte pronta a llegar.
Pero la música se detuvo, las sonoridades colapsaron y, deshecho el techo, miraba aquel cielo cómplice por haber depositado los sonidos en esa jaula de cemento.
Entumecido vi las nubes, vi las estrellas. Vi el sol y su esplendor. Y vi, con sospechosas creencias, el recuerdo de haber asistido a un encuentro, quizás profano, de una fe caduca.

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