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17/10/15

Nuevo Dios

Un arquero vivía con sus flechas instintivamente. Creaba enjambres para deshacerlos; creaba dones para despistar y un musicalero de arcos pululando silenciosas transiciones.
Aquel hombre todos los días arrojaba una flecha hacia tierras desconocidas. Ignoraba su trayecto, su precisión, su odio. Cedía durante mañanas y tardes ante una única exultación: el aprovisionamiento de madera. Las desmembraba, las afilaba y les ubicaba una pluma hasta culminarlas.
Aquel arquero todos los días arrojaba una flecha hacia las incertidumbres, pero solo un día fue tras ella.
Había llegado a un pueblo deshabitado, curtido por las inclemencias y bramando austerismos. Creyó ser el único por ese sitio hasta que divisó un niño acercándose. Este le explicó sobre estropicios acaecidos cuando los Dioses habían decidido desaparecer su pueblo, sus tierras. El arquero preguntó por qué y cuándo habían desaparecido; por qué los Dioses se habían enfadado y cuándo habían muerto. El niño dijo que nada sabía excepto que todos los días uno moría por una flecha venida desde los aires con una singular pluma alterando los sentidos. El arquero calló y se retiró.
Ya bajo la noche acumulaba más flechas, armaba otros arcos y, despierto aún, recordó los tiempos en que viviendo solo se creía desdichado y desleal. Cuando empezó a clarear recordó las palabras de aquel niño y su nuevo título. Desde ese entonces falazmente se nominó un Dios incorruptible.

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