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10/8/15

Aurora nómade

Desarraigados de sus tierras una profecía errante los dotaba. Apenas seguían senderos entre peñascos y caminos sobre arenas los nómades por sus visiones.
En su andar eterno no diferían las búsquedas propicias marchas. Aletargados por el cansancio no rendían tributos a permanencias erróneas; sus revelaciones lo habían sugerido, impuesto, disecado. Ya no mermarían ante noches ni días durante sus viajares. Ya no contemplarían el sol, ya no se restregarían bajo la luna: una profecía los había calificado.
La unción con sus dioses había hecho una aparición. Un descomunal e intrépido cuerpo había dicho sobre las auroras que jamás se extinguían, que nunca desaparecían. Algunos necios lo negaron aunque los sabios lo habían comprendido. Entendían que siempre había una partida del sol en algún horizonte, que siempre había madrugadas con el único destino de destilarse con asombros. Unos se lo habían explicado a otros. Esos lo habían asegurado, y finalmente prometieron sin sigilos andanzas perpetuas.
Hacia un horizonte corrían ellos, los nómadas, siempre visitados por aquellos destellos, aquellas luces de un dilatado diafragma procurando no olvidarse de los límites. Hacia las sombras corrían. Corriendo hacia las penumbras veían por detrás un velo formándose siempre con antorchas de un cielo cariacontecido.
En continuo viaje la aurora de los nómades relucía semejándose a plenitudes de rocíos, a crecientes hierbas y aves trasladándose a océanos en busca de sus destinos. Continuo viaje aceleraba las determinaciones por detenerse aunque nunca lo hacían, aunque nunca se aquietaban para especularse jinetes del corcel sol trotando.
Transcurridos varios días los desgastes afloraron, el cansancio consumió cualquier ánimo clamando por una dichosa muerte. Un fin cercano debía acontecer, en ellos, en ese grupo de nómades notando que la profecía les había adjuntado noches donde morir resultase dictado, dictaminado por sus creencias revelantes.

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