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27/7/15

Piedras de arena

Decorando desiertos cierran perplejidades abrasivas. No son tallo, no son roca; son raíces de mundos coléricos desarrollándose paulatinamente.
Rocas deshaciéndose son clase de un mundo ornamentado. Se crían, se desenvuelven; se agitan y anestesian. Se subalternan y varían entre horizontes de un pavor convicto. Las arenas quiebran sus depósitos y causan lluvias improlongadas. La fe es su mito y angustia; su telar, su mimbre y cautiverio. Son aristas de ponientes, y precámbricas en horizontes desenclavándose rutinarias. Sus orillas llegan, conducen hacia inciertos espacios donde arena y más arena recubre sus poros sedientos y alcanzados herméticamente.
Rocas acá se esparcen a través de un multicolor viento, sede de capitales movedizos. La arena se retira, la arena se evapora y nada queda ya de su terrible insomnio. Solamente pequeñas areniscas revuelan oceánicas mansedumbres de quienes andan a la espera de sendas firmes.
Pero nada derretirá cimientos de plausibilidades concurridas por ese desierto omnívoro. Nada determinará siendo fin un cautiverio de espasmos adiestrados en sus variantes. Nada dirá cuándo ni dónde adquirir añejos síndromes producirá otro más.

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