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10/5/15

Cónclaves impracticables

Parto hacia ritmos de añejas dubitaciones. Los elixires de cónclaves, los diagramas de las rutinas y los serafines del tedio enfatizan mis idas. Cabría especular entre conceptos paganos determinándose azarosos mientras mi piel se sutura ante la indisposición del andar.
Siempre ansiaba descorrer las calles; siempre añoraba correligionarme frente a ese tímido orden instaurado que petrificándome velaba durante días y noches sobre la neutralidad de existires. Planeaba rumbos desorbitantes mientras los pasos seguían, mientras los arbitrios de mis pesadumbres deshacían inmisericordes las páginas que daría a esos grupos secretos hallándolos milesimales. Ante cada recorrer, una herida de la ciudad hervía bajo construcciones sin otro antídoto que la desaparición. Pero mis vistas, mis observancias hacia aquellas grietas ficcionales desterraban clarividencias de un mundo pronto a dejarme; su tallo decidía no elevarse en edificios de un solo jardín desesperado.
Cuando caminaba hacia los cónclaves aguardándome, salía sin resquicio ni perpetuidad alguna más que la de añares de sus conocimientos. Bajo y entre cada pluralidad de ingratas bienvenidas donaba antorchas de hielo que helaban pergaminos de reyes continuos. Vertía fuegos hacia instalaciones perecederas, hacia costumbres de un mundo precaviéndose no debatir contra aquellos secretos conocimientos de tierras descoloridas. Sabía cantar, sabía gritar y hasta recitar proféticas deserciones de quienes se arrojaban al río las mismas veces que se arropaban hasta endiosarse. Pero supe callar, caminar y erigir diatribas consolantes. Supe de las quimeras; supe de tratos polifórmicos inauditos acerca de ocultarme y retroceder, aunque jamás cediera contra dignidades del parapeto monosilábico aturdiendo tímpanos resonando cláustricos. Y a mitad de viaje noté que las puertas se abrían; que todas las puertas eran una puerta. Tenaz, fóbico, ese umbral me depararía, me alojaría dentro rematando satisfacciones de otros hasta volverme quien era.
Ya es tiempo, ya es la hora de partir. Aunque partiendo retornase hasta donde he comenzado. Ya las horas devuelven temporalidades raídas por otras sucesiones, tiempos que no alcanzo, tiempos que no veo. Ya, sabiendo sobre aquellos grupos; ya regresando y soñando haber participado, elevo ansias hacia un Dios recurrente, el mío, sin oídos ni voz. Y, lentamente, asciendo escalinatas hacia mi pensión para borrarme, para volverme papel y no letra de la eternidad que cónclaves auguran, aseveran y enseñan. Asciendo paso a paso hasta mi habitación opaca, hasta la residencia de un caminante y díscolo contemplador.

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