Búsqueda personalizada

9/2/15

Ley arenosa

El desierto clamaba por su vida y él se detuvo. Caminaba hacía varias semanas y su ley impedía que se detuviera.
Los moradores de las arenas lo aguardaban aunque él jamás añoró verlos. Tenían serpientes aquellos hombres y mordían a quien se les acercara. Las dunas, los médanos, no eran impedimentos para quien cabizbajo deslealtaba figurillas ante las brumas arenosas. Ante las vértebras de sus congéneres que habían iniciado el mismo camino, él amputaba huesos, caderas y tórax hasta atenerlos pusilánimes. Habían muerto, habían abandonado los caminos para fundirse en la nada lacerante de clavículas salientes. Pero él no fundía su cuerpo con las arenas, no; no hasta que se había detenido.
Al quebrar todo su caminar -al frenar y enfrentar su sino-; al detenerse y esquivar escorpiones, él se vinculaba una y otra vez con su muerte. Es que deseaba morir, y los vientos arenosos pronto lo cumplirían.
Arena tras arenas lo ocultaban en el suelo. Un brío por concientizarse despertaba tarántulas junto a sus brazos deshaciendo ámbitos conscriptos para merodear sus armas. Pero él deseaba morir, unirse a las tormentas de arenas aunque solo su cuerpo descompuesto pudiera.
El deseaba morir. Y, ya muerto, asfixiaba en hundimientos pequeñas leyes prohibiéndole despertar si no fuese para continuar. 

No hay comentarios: