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14/1/15

Los amaneceres del crepúsculo

He creído despertar mientras una transición de luces no culminaba. Creía verlas, permanecer ante el insomne rechazo de una blanca noche intimidándome. Y pronto recompuse mis alegorías de sonámbulo guardián de los tiempos.
Cuando había decidido dormirme, la traslación de la luna vejaba mi coherencia hasta despertarme sin huellas desafiando. Cuando había decidido dormir, cuando las horas despuntaban y mellaban en mi sien indicando el final del día, he fingido dormir. La exploración de vastas ruedas convergía ante espasmos asustantes causándome un insomnio relampagueante. Ufanaba un mundo donde la oscuridad de la noche remplazara la claridad diurna, aunque ésta había sido la primera vez en ocurrir.
Murciélagos oníricamente estables pronunciaban un aleteo cercano a los compases de los segundos. Esperaban salir, depredar y volver a sus recintos; pero las claridades incidían en cada uno impidiéndoles desafiar los salvajes antros de la nocturnidad.
Cuando había decidido despertarme, cuando he creído despertar donde las luces predominaban, conjeturé una visita al jardín y desde ahí, sentado, observé con frenesí con pavor y estímulos la incoherente luz. Permanecía iracunda y hasta disolvente prohibiendo a la noche su puesto de vigía.
Cuando he decidido dormirme, ya durante la trasnoche, el crepúsculo mañanero aún persistía, y los murciélagos, aquellos murciélagos hambrientos partieron más allá de los edificios buscando una noche que tal vez los amamantara.

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