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7/1/15

Bajo tierra

Debo confesar que no solía apreciar los gusanos. Insectos que desdeñaba, se movían lentamente entre los subterfugios de mentes ocultas. Ninguno los oyó, pero las casas habían sufrido la calamidad.
Bajo tierra no hay paredes ni techos, solo suelos con alimentarias ansias de impedir el emergimiento de los insectos. Ellos se mueven lentamente desde una profundidad hacia otra; ellos temen la inocencia de los parques, de salir y ser vistos hasta su fin. Pero hacia los hogares se dirigieron, hacia los edificios fueron, y más de uno pudo haber confesado la abstinencia de tierras fértiles.
Aunque su propósito fuera otro, no se habían alimentado durante meses. Las casas, sus basamentos los atraían y les señalaban un camino a seguir. Pronto habían comenzado a derruir el hormigón, las maderas y hierros. Y pese a que las casas no se caían, en poco tiempo lo hicieron.
El último alimento habían sido los hombres, después de sus hogares. Y finalmente no quedaba sino un desierto en el pueblo donde se habían manifestado. Pero los gusanos, esos insectos de las profundidades, regresaron a ellas; y, mientras, crearon otros túneles, otros abismos pergeñando ya el próximo ataque subterráneo. 

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