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3/12/14

Antes

Desgarraba la enemistad entre cielo y tierra. Sin dioses, sin más que unas pequeñas rocas, nadie habitaba. Y el silencio, ese reticente clamor de lo no oído devenía sin siquiera asombro alguno.
Siempre se habían observado, contemplado y mirado a través de un mutuo respeto sigiloso. El viento no existía. Ni las lluvias, ni los alardes. Cuando presenciaban piedras inmóviles, les debían a su quietud la placentera calma reinante; aunque cielo y tierra no medrasen enfrentándose, inequívocas cualidades despertaban ansias de contrariedad. Y desde las alturas, desde ellas sonaron truenos zigzagueando las montañas.
Pronto cayó la lluvia. Pronto dédalos de viento arruinaron la única miserable vida extinta ya desde su caída. El silencio varió a tronidos fosforescentes donde partículas de aullidos permutaban su odio por los desiertos. El silencio varió, mutó, se cayó para hablar, para decir que nunca retornaría.
Más allá de los combates librados, se unió un mundo celebrado; ahíto de especies, de peces y de muertes que no olvidaría esa lucha belicosa y su primer vocablo dado.

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