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23/10/14

En los telares

Despóticas, infiltradas con tenues pegamentos, las telas de araña fijan. Se adueñan de los ambientes, de mi tez, de mis brazos y piernas.
Los telares arácnidos avecinan una muerte pronta, la mía. Donde había aire, ya no se respira; donde jamás se pensó una ventana clausurada, ya se han tejido rabiosas manchas de pieles grises. La araña no se atreve, la araña no invade, la araña no está. Sobre los rincones de mi habitación, los insectos abundan atrapados mediante el filo de un telar dispuesto con cautela. Las ramificaciones de la trampa han sido hechas imitando raíces de una planta de negras flores. Y, quieto, dependo del antojo hambruno del insecto.
Pero duermo, despierto; duermo y despierto notando que la araña no ha venido. Sus antojos no han sido devorarme, comerme. Su único anhelo ha sido atraparme. Aunque desconozca el motivo, viviré esperándola, monárquica, elaboradora de un reino quieto para subyugar reinados de masacres e injusticias.

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