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30/10/14

El río

Atravesaba el bosque siguiendo huellas. Desconocía atajos, caminos que lo condujesen hasta el río. Pero sabía, deducía ante los amplios claros, que estaba cerca.
Densidad de los arbustos; promiscuas centellas de su sino, hacían de él un guardabosques entusiasta. Aunque calmaba los insectos y silenciaba a los animales, nunca contó dichas semejantes a otros; extremado don se refugiaba dentro de sus vísceras, y temía que se las sacasen.
El río se olía, las brumas de raudas cascadas convertían en trinos a aquejados pájaros. Nunca supo si debía cruzarlo o apenas sumergirse, nada sobre esto le habían dicho cuando había iniciado su caminata. Y, sin preocuparse, reagrupaba sendas que se abrían hasta su destino.
Llegó. Exhausto, se internó en el río. Las aguas prontamente lo rodearon y angostaron su espesor. Acorralado por los líquidos, no podía moverse. Ni caminar ni nadar. Entonces el agua lo ató, e, inmóvil, asimilaba su velocidad, sus movimientos, sus direcciones.
El hombre permaneció en el río hasta su muerte. Atado de cuerpo entero, en sus días de vida creyó ser parte se las mareas interminables.

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