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24/7/14

Resuena

Cada excluyente milagro se remitía a lo oído por el sordo. Mientras el silencio no lo aturdía, oía añejas palabras, relatos imperecederos.
Solía recorrer las fauces de los dragones, y el ímpetu de las serpientes; pero pronto se hartaba, pronto caía sedado por murmullos, pronto se preparaba. Es que cuando oía ciertas sonoridades, él se debatía su por qué. Era sordo, pero sabía que más de una vez había oído el galopeo de los caballos y los aullidos de los lobos. No se lo había comentado a nadie, porque no le creerían. Pero sí oía algo, de vez en cuando, sí podía fundirse con el mundo como titiritero de mensajes.
Los dragones dormían en la misma cueva que él, y así los lobos. Ellos lo alertaban, le presagiaban visitas y le anticipaban tormentas. Sin embargo, podía convivir con otras personas; aunque su muerte vaticinada por una voz desconocida le prohibió revelar su secreto.

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