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22/5/14

Muros

Solía saltar todo murallón con la intrepidez rauda. Estos se hallaban por todos lados, en toda el área por él visitada. Y, cada vez que lo hacía, otro por delante lo tentaba.
Saltaba bajo los efímeros contactos, entre la anchura, y sobre el infinito durmiendo. Una vez atravesado uno, otro había impidiéndole la visión. Y por un lado, o por otro, suponía que terminarían, que vería el campo, el horizonte, su sol. Pero lo que no sabía era que estos ya no existían, que ya no había sino un enjambre de malezas carnívoras digiriendo al resto de los humanos.
Saltaba sobre los acústicos silbatos de aves maltrechas, entre los desniveles de cada tapia, bajo el hiriente vacío de presidiarias colmenas de astros. Y por acá, y por allá, sonó una metralla desahuciando cada volición por mantenerse saltando. Y los muros se hundieron, los campos surgieron y las plantas cayeron.
Solo un rapto, una visión, lo constató sirviente del anterior régimen. Y volvió a saltar.
Salta y salta, nada ni nadie se lo impide. Salta desde el suelo hacia el próximo sin acortar su ascensión mientras nada más hay, mientras su cuerpo volátil enceguece cada miembro con textura de pasados autoritarios.

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