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8/5/14

El último nombre

Nadie supo por qué quería callarnos sus nombres. Algunos pensaban que auguraba misterios, y otros que eran impronunciables. Y él, el niño de mil nombres, soñaba perpetuamente.
Sus raíces oníricas le prohibían pronunciarlos durante la realidad. Es que este púber no podía recordarlos todos, todos los que en sueños lo nombraban. Eran miles de nombres con sus diminutivos, y a su pesar, había más combinaciones. El resto de las personas no sabía cómo llamarlo, cómo atraerlo hacia las médulas de las realidades con simplezas de niños. Y él soñaba, vivía y revivía diferentes aconteceres surreales en los que jamás oía un llamado, sino miles a la vez. Esta era su ocupación: acudir a todos sin excepción.
Pero, después de un día, jamás lo volvieron a ver. Lo habían buscado con frenesí impactante y con decoro pulcro, y ninguno pronunciando cualquiera de sus nombres.
El niño se había ido, hacia un sueño, hacia una de sus realidades. Y había acudido por su último nombre, el triste, el que ninguno terminaba de oír. Este lo llevo hacia el mundo donde los atardeceres fluían sin otras etapas, y él jamás temió no volver.

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