Búsqueda personalizada

13/2/14

El rayo

Cada vez faltaba menos para su transformación. Alejado en su departamento, veía los relámpagos entre nubes de una acuosa intensidad. Y lo atraía esa fuerza cuando decidió partir.
Caminando, sosteniéndose con su bastón, la ciudad se mojaba durante espasmos de un dios de luces. Se reconocía párvulo, ingenioso en quitarse el agua que humedecía cada una de sus manos. Agua que recorría su cuerpo, era agua que, filtrándose entre los barrotes del tejido cubriéndolo, se hacía arroyo a su lado. Y nada más al advertir el desfiladero de gotas, lo único seco –notó- fueron sus manos.
Pero al elevarlas, un rayo cayó sobre ambas, y lo desterró al confín de las salubridades: lo dotó de relámpagos que salían de sus brazos.
Cautivo en su perplejidad, retornó a su departamento, cerró la puerta y, precavido, cerró también las ventanas. Aquellos rayos los dominaba él, los emitía a su antojo y cesaba de arrojarlos cuando veía cierto peligro.
Aunque creía ser un arma sumamente trágica, sus sueños –de matanzas a causa de sus estruendos- lo depararon dentro de teologías donde los dioses lo encerraban, y el único motivo era su peligrosidad.
Entonces decidió partir, una vez más, pero hacia el río de la ciudad para arrojarse en éste, y así ahogarse. Caminó y caminó sabiendo su destino decidido y su albedrío consumado. Al llegar, cayó en él, y se disgregó su potencial. El agua quemaba, y los rayos gaseaban; los sueños se deshicieron mientras una cuota de relámpagos lo incineró entre malezas acuáticas.

No hay comentarios: