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30/1/14

Rectángulos

Se acercaban entre vientos los rectángulos voraces. Eran todos rojos, y no llevaban nada dentro. Pero él, él supo que venían por ellos.
Cerró las ventanas y las puertas, tomó un palo largo y se dispuso a defenderse. Pero los rectángulos aún estaban lejos; lejos de él, lejos de su casa y lejos de atravesarlo.
Son geometrías exactas una junto a otra. Todas disponen del mismo tamaño. Aunque unas vuelan alto, y otras bajo, se golpean en su insidiosa marcha en busca de prisioneros.
Mientras veía que permanecían en sus lejanías, abrió la puerta y los contempló. Parecían detenerse, presentir su destrucción, aunar velocidades hasta descomponerse en atrios de vislumbres quietos.
Los rectángulos son rojos; sus vértices son rojos, sus aristas son rojas. Y al juntarse, entra uno en otro componiendo un sólido cuerpo volumétrico capaz de encerrar a todo el pueblo.
Pero él se agazapaba, elevaba el palo y se decidía a darle golpes hasta destruirlo. Aunque su eficacia lo hiciera, no previó la rauda velocidad con que se acercaron y lo metieron dentro de ellos. El cuerpo inmóvil se hizo geométrico captando sus formas, y ante cada movimiento, voló y voló. Voló hasta saberse libre de figuras onduladas sin otro designio que revivir, en un vaivén de cuerpos sin meta, una asechanza rectangular.

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