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27/11/13

Ruinas

Aquellos habitantes se retiran, se van hacia las pendientes. Solamente bajo el nefasto título de cuidadores realizan su exilio; pero unos guardianes de lo verdadero, único, de lo eterno.
Apartan lo dispensable, agarran lo útil; y por más hallazgos que hagan se van hacia los holocaustos de sus visiones sabiéndose irretornables. Es que no desean volver, retornar a los sitios donde han figurado sus muertes, sus derrames y sus pensamientos de triunfos arcanos. Se van, se van para jamás volver, para no regresar –inusitados- a la vera de las cruces hechas. Son todos, toda la población la que realiza la huida ante la nada demoliendo las últimas casas donde podrían haberse hecho carne sus propósitos, aunque vanos fueran. Y, mientras, un menoscabo de siluetas en sombras moviéndose le indican el camino.
Son las ramas, árboles y decorados de las vegetaciones quienes han delineado el camino para los exiliados. Es un camino arduo, seco y encomendado para no volver. Perderían sus rastros si es que lo intentasen, porque las sombras, ésas, se ven solamente para los que van. Y la andanza continúa.
Seré el caminante, seré el maldito si es que no sea el rey. Las pendientes son mías, y sus ruinas también. Ellos deberán adorarme porque les doy hospedaje, aunque desde antaño, me han imaginado incorpóreo, y hasta hostil. Pero estos templos abandonados donde habito hace siglos, serán parte de sus casas, ante la cruda y real carencia de esos Dioses que vendrán a devocionar. 

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