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27/12/12

Tres vestigios


Acuerdo tácito recalca cada imagen hasta su punto más misterioso. Reordeno mis desmanes; cada hallazgo se convierte en piedra cuadrangular donde disponer sus pares. Y cada cifra longitudinal supone cada vértice sobre vacíos para pender futilidades.
Recuerdo haber trazado líneas, curvas y rectas, hasta deshacerlas con solemnidades de imágenes. Sé de ubicuidades por acá, por allá; las sé primero en el poniente y luego en sus desapariciones. Cada retazo, dintel, puerta, ventana e individuos, son sumergidos en las lavas de la remembranza sin poderse esculpir más que con los trazos de mi consciencia hasta sus evaporaciones. Sé de sus vínculos, de sus retuerzos y de sus vísceras; pero es mayor mi conocimiento entre estambres de yugo enmohecido para humectar cada sensación.
Porque las sensaciones divagan con el rotor de los dibujos creado en mi inconsciencia. Sé, y también sabré, acerca de cada movimiento dado en mi temple absorbiéndome entre desmayos de insapiencia. Pero lo que no sé, lo que procuro recordar, es la protección dada en mi memoria por las reminiscencias de los justos cifrados donde cada línea es limítrofe y segura dentro de los parámetros movibles. Porque la línea horizontal, y la línea vertical bien pueden conseguirme valor, pero las profundas, las de profundidad no. Es que estas se disuelven entre puntos de fuga siempre hacia la realidad de su eternidad sin medición.
Sabré hallarme involucrado dentro de márgenes gratos mientras sepa sobre dos vestigios –horizontal y vertical- recordados. Pero no, jamás, mientras los profundos, líneas de fuga sin término, aplaquen los recuerdos con la inmedible eternidad de un hoyo.