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25/10/12

Destrono


Cuantas aves volaban, deshacían su clandestinidad. Recibían algunos hombres, estos pájaros, aunque nunca, jamás los reflejaban durante sus sobrevuelos. Sus calvicies denotaban exterminios, y sus mandatos, una plegaria por nacer.
Nunca un hombre había cedido su voluntad por caer; nunca se había prefigurado su lealtad, su vínculo detonante, ni su temible yugo apaciguador. Aquellos cercanos figuraban una estadía donde cada vez las trompetas del tedio se adecuaban para huirlos, para echarlos desde sus clandestinos parajes en el campo. Pero, dado que éste era gobernado por las aves, así lo hacían, así se convencían de hacerlo hasta que sus más augurados preámbulos se congeniaban hechos.
Aquellos hombres, aquellas personas que habían venido para ceder, retiraban algunas semillas; aunque no para ingerirlas, no para alimentarse, sino para conducirlas hacia algún campo imaginario. Estas singularidades caían entre huellas de todos los habidos. Nadie se lamentaba, ninguno; porque al hacerlo, habían pájaros delante, y detrás, augurando sus mismos cuerpos como comestibles. Y jamás se equivocaban, siempre certeras los devoraban.
De esta forma, el campo de las aves dota a cada hombre con un pico acertado y filoso entre sus carnes. Las pieles son hechas destrozos, y los órganos, líquidos. Hasta un muñeco de pájaro, en reemplazo del espantapájaros, hay sobre una lindera. Y así, las aves se retiran solo durante las noches humanamente presarias.