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6/11/09

Potencial farístico



“Por el amor de los faros.”


Entre mareas iluminan con rumbos los lineamientos a seguir. Debajo de cada ola, y sobre superficies donde tempestades nauséan ante rugimientos por luces dadas. Debajo y sobre, entre océanos de intemperies donde desconcertadas fragatas temen naufragar.
Soy ese faro, firme brújula, tenaz edilicio orgánico en perpetua contemplanza ante los divagues de aguas siempre movedizas; y nunca, jamás pacientes como tenues lagos donde poder asimilarse aquietadamente. Porque si bien esta labor es iluminar disidencias y desmanes ocurrentes cuando marinos se libran para auxiliarse con arribos socorrísticos, podrían haber optado no serlo, navegar donde no hubieran mareas; y sobre calmas climáticas darse hasta que viajes y libertades no se contrapusieran ante conflictos irremediables. Pero faro soy. Uno más sobre su orilla, ante la vacuidad de miramientos de quienes prefieren atravesar abismos sabiendo qué podría sucederles. Aunque no, nunca, cómo librarse sin riesgo alguno. Ni siquiera cuando ahogos de por medio puedan extinguirlos. Ni siquiera sabiéndose vulnerables plenamente por decisiones naturales: agua sobre aguas componiéndose aguacerío sobre un fondo sobre sus propios fondos destemperando torbellinos en tremendez armónica.
Soy ese faro, ese que está debajo de los cielos y sobre tierras donde la frontera es desmán en simples orillas con convulso vaivén; siempre yendo hasta venir, en continua demostración formulándose perpetuidad de hegemonía oceánica.
Soy ese faro, un objeto tan solo, tan distante –aunque útil-, soy esa imprescindible construcción humana ante humanas apariciones revelándoles rumbos para no olvidarse ni perderse entre mareas.
Soy un faro, potente, y tanto como para que nada disuada las fragatas. Permitirles su arribo, su navegar: hacérselo.
Y desde mareas los navíos habían llegado hasta su puerto. Habían estado bajo tempestades y compulsivamente desanimados por temores que aguas doblegantes hacían por doquier. Cada barco había llegado a su puerto, cada viajero a su hallazgo. Cada rumbo a su destino: toda búsqueda fue encuentro.
Había hecho la luz potencial librada desde mí, rutas sobre inclemencias; caminos para desahuciados y sendas para presas de ahogos. Había no solamente guiado a los navegantes; sino a las mareas, a los vientos, a los vendavales. Y sólo para impedir que aguas disuadan los destinos propios, decididos por cada uno. Aunque hayan sabido, aunque hayan considerado irremediables accidentes por delante.
Había sido ese faro, movimiento de subidas y bajadas, templador de huracanes y acallador de furia ventosa. Lo había sido, lo fui. Lo fui hasta que habían comprendido que sólo dejando objetos sobre aguas siendo faro podría guiarlos, encauzarlos simplemente ordenando aquellos océanos ya domados.
Solamente un faro fui; un objeto: elemento construido, diseñado y elaborado para compenetrarme con otros objetos dándoles rumbos a seguir, continuar y hallarse linealmente contenidos.


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