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23/10/09

Ninguna de sus partes



“Plano y volumen”.


Renuncias por síntomas absolutos intensifican sus saturaciones. Por haber existido el blanco, cuando el negro asimismo eclipsaba siempre tinturas de su espacio. Por ser opaco y brilloso, claroscuro determinante rotundamente en sí: en todo.
Clama por dimensiones mientras por delante un disco lo descubre solitario. Es un plano filoso, corpóreo. Es una silueta definida, convincente; aunque relativa frente a la composición que lo instituye siendo absoluto, como hecho aislado hasta este momento indetenible. Y no por sus ansias de retrocederlo, de hacerlo desaparecer, no; en cambio, porque ese momento debía suceder. Y debe reconocerse auténticamente, como establecido según reglamentaciones que régimenes de otra región, de otros órdenes han determinado. Sin embargo lo observa juiciosamente: un disco nunca ha devenido, jamás ha sido por él visto. Y ve en éste, analiza sus módulos, ve y consuela la aparición hasta convencerse e intenta comprender sus propósitos.
No es que alguna de sus partes -la blanca, la negra-; no es por esta cualidad que teme o le aberra este surgimiento, porque nada ha hecho aún. Siempre él será saturado tinte extrapolar, desde un extremo hasta otro. Desde uno hasta otro y sin matices. Seguirá siendo saturación convencida mientras rocía los ámbitos ante ese disco surgido.
Se restriega desde diversos ángulos. Varía de posiciones, cambia de aspecto hasta definirse inmóvil y monótono. Pero: es ágil, es fluctuante y modificable: plato horadado desplazándose desde un límite hasta otro: desde claros hasta oscuros.
Mientras los deslices encaminan movimientos; mientras que sus apariencias se relamen ante la inocente atención del renunciante (por existir aisladamente, por desconocerse compartido), no había sabido acerca de una esfera detrás.
Ahí había estado, desde siempre –aparentemente-. Había aguardado oculta, apenas perceptiblemente.
A diferencia del plano, aunque éste posea cierto volumen, ésta contiene mayor dimensionalidad, mayor cuerpo mayor espacio: uno en sí, adentro suyo. Y quizás aquel disco le sirva a la esfera para complementarse, para dilucidar cuanta magia contenga un ofrecimiento sobre zonas donde él sólo había podido ofrecer saturaciones.
Renunciando a ser, a conjugarse con esas partes ya existentes y sabidas, no podría comprenderlas. No podría ni asociarse ni entenderse. Su ensimismamiento, pese a las rigurosidades de vanas indiferencias, lo conducirían hasta renunciar de su realidad. De su realismo circunrodeante, de ese ambiente dado y locuazmente determinado por razones que desconoce y desespera conocer; por esas sentencias acerca de que así debería acontecer y librarse un axioma destinado.
Ninguna de sus partes, ese plano y volumen, ese disco y esfera, se encuentran. Se enfrentan calmamente hasta compartirse y unirse, hasta fundirse y funcionar como mecanismo electrificante. Se asimilan, se superponen: vacía la esfera colores primarios mientras el disco sus secundarios en derredor de él, blanco y negro, como paleta siendo elemento para colores de algún mundo pictórico.
Se conoce, entonces, la soledad del saturismo claroscuro hasta que mediado por vitaleza coloral puede reduplicar componentes. Las especies, los sentires: objetos y abstracciones cuando de por medio un nexo común hay.
Se reconoce, desde ahora, la posibilidad infinita para duplicar las euforias, desencantos o benemeritudes. Ese mundo que sabe existiendo, pero antes impedido para retribuirlo.
Y deja ya su renuncia; renunciando a su propia aislación para deificarse coloríficamente.
Y se libra en dimensiones siempre coexistiendo; aunque jamás imaginadas para poder compartirlas cuando los hombres lo han ignorado y hasta creído inalcanzable. Cuando no son ellos sino él quien desobedece para obedecer permitiéndose libre en sus manos adentro de cuevas saturadas con introspecciones.


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