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22/4/09

La fuga

Nada deterioraba tanto cuando lo presente huía. Quien imploraba ante las esqueléticas remanencias de toda ruina, aún veía un asomo orgánico desprendérsele como trizas de una carreta herrumbrada y lenta.
Se había postrado enfrente de las fisonomías que lo atravesaban, que lo habían desconcertado por inmóvil tras sus retiradas fugaces. Los elementos dispersos adelante de él, atrás y en ambos lados, habían estado circulando. Quieto, reiteraba las oraciones que decían de toda vigencia, un hito; y de toda ida, una desesperanza incurable. Pero habían márgenes, espacios donde cada ente se retraía volviendo sobre sus pasos –zigzagueantes-. Habían fronteras no tan estrechas que permitían un tiempo para reordenar sus desazones, y para que el acuerdo tácito por regresar sea un hecho preciado. Y sin infamias.
Permaneciendo estático entre las vueltas que desordenadas divergían para converger sobre él, había orado. Es que lo sinceramente valorable (según su postura) eran las presencias. Si un tratado había sido refutado, no deseaba su olvido, no. Porque si había existido, su existencia debía existir aunque franqueada estuviera. Y si ese nuevo axioma había propuesto la plena destitución del anterior, rezaba para que haya una estructura sin cimientos desvalorables por sus habitantes.
Su rezo hubo naufragado junto a los mares donde toda orilla era bendita, bienvenida. Era la querencia de una bendición de estar, de quedar, jamás huir sin vueltas, para conquistar en soledades fraternales a los cuerpos idos haciéndolos volver, uno por uno, hacia un mismo pasado existencial.
Las circunstancias móviles le habían quitado la creencia de que sus orares llegasen a cumplirse.
Y nada lo oía. Su rezo silencioso sólo dentro de él mitigaba un mundo añorado, sin tiempo y de amplitud espacial.
Sin embargo aún permanecía estático quien sin rosarios se había crucificado por un Dios sin muertos ni vivos. Pero esta eternidad parecía ignorarlo.
Todo se deterioraba en pasados irrefutables. Las plegarias de quien siempre había exigido -siquiera una compañía estable- se deshacían como cada cuerpo inhumado, y yéndose tras los límites de los presentes diarios.
La velocidad de los desplazamientos se había acelerado tanto que ya nada veía. Solamente distantes sonidos habían crepitado como si gritos de despedida fueran. Y, mientras imploraba para que nada se fugue, nada lo había retribuido. Nada. No había ni remuneración por más insignificante ni incomprendida siéndole bendición. Nada, no había nada que le comentase (ni murmurante, ni sigiloso) que estaría en este mundo porque no quería marcharse. Y entre las vociferantes fluideces caóticas de cuerpos transfigurados, nada había podido contemplar.
Todo se fugaba. Se había estado yendo toda parte de toda entereza. Las pequeñeces habían desestructurado vastas y tensas obras implantadas con la intención de permanecer. Las glándulas ya prohibían emitir más conversaciones por aguardar la llegada hacia el otro lado. La verdad había dejado su mentira. Lo restante era orar. Pero, ¿ante qué?
El hombre postrado sobre un suelo movedizo había sido el único restante. Sabía que la posibilidad de huir junto al resto latía, había latido para que su débil querencia huyera. Y cada vez que un objeto lo atravesaba insinuándole las vetas por donde iría, había orado más, pedido más. Ya no imaginaba un Dios ante él, ya no. Imploraba como si él mismo lo fuese. Es que (a veces) creía que los dioses residían en un mundo solamente con el deseo de que todo volviera hasta ahí. Porque también especulaba que todo se había ido desde ahí.
Entonces, había pensado, la bendición por él buscada no había sido otra que la de irse. Porque la experiencia se lo había demostrado, y porque no había qué ni quién contrariándolo.
Tal vez hacia el mundo divino iban, con cada recuerdo, con cada figura desaparecida para reencontrarse.
Había quedado él. Tierra, aire, fuego y agua habían huido. Había orado para que nada de esto ocurra, tal vez con una extrema espera. Pero sin, sí, sin ignorar que pudiera no suceder.
Desde que sin cuerpo había quedado, su voz persistía mediante oraciones clamorosas desafiando la indiferencia de cuanta plena compañía tuviese. No había rezado sólo por los objetos ni por los seres vivos, sino por un mundo que se representaba dentro de él. Quizá el desmesurado voluntarismo ahincado en que nada lo abandonara haya sido la sinrazón de su acometida. Y sus bramidos ya apenas habían adorado las sílabas que emitidas se habían retirado hasta siempre.
Su vista había quedado. Pero no observaba nada donde nada había, donde todo huía hasta el diluido vislumbre de esto mismo. Y los sonidos junto al olfato se habían quebrado como leños de un fuego exhalando humos indivisos.
La oración membraba por la conjunción de una permanencia ya atroz, acá. Habían notado, sus desbarajustadas visiones, que en el vacío nada podría estar. Si cualquier ente se ubicara en éste, la depredación abismal lo resumiría en trozos de espasmo prontos a descomponerse. Pero si no huían, si se quedaban. Y la marcha de todo había concluido -excepto la de ese trino implorante que no cedía-.
Entonces había variado la plegaria. El pésame ya era irse, como todos lo habían hecho. Irse para siempre de este mundo.
Aunque nada lo oyese, por más que oídos no hubieran, la voz permanecía; aunque había notado que para nada serviría.
Quien había implorado por la permanencia sobre un suelo descompuesto, había dejado sílabas dispersas que ningún ser podría ordenar para asimilarlas ¡Y ninguno volvería! Nadie lo iría siquiera a percibir mientras allá estuvieran, y menos con él cuyo cuerpo minusválido carecía de su real voz.
Cuando el espacio había comenzado a deteriorarse, este presente de sensoriales frecuencias disminuía con reveses raptores y vertiginosos.
Cuando la bendición por irse del mundo se hubo concretado, cuerpo y sentidos se fundieron en el hombre. Siempre había rezado por un eterno amparo que resguardase todo lo que había existido. Y sucedió.
Desde ese entonces había callado. Contemplaba aquel espacio pronto a extinguirse donde había implorado e implorado.
Sin embargo la completa desaparición se había consumado cuando a su lado vio una estatua en posición de rezo. Se asemejaban a él las singularidades de cada gesto y rasgo esculpido. Las posturas y las intimidades de su fuero eran idénticas a las que él mantenía. Y no era el único observándola: varias personas se juntaban a su alrededor; y los elementos, los cuatro elementales que crean los mundos.
Desde que calló todos habían admirado la estirpe sacrifical (a esa estatua) cuando la huida es recurrente.
¿Y él? ¡Él había huido! Se había fugado, aunque por partes, desde allá mientras quien realmente se había implorado y generado el encuentro hubo sido esta estatuilla de nube resplandeciente.
Mientras comprendía que la bendición verídica había sido partir desde allá, se acercaba junto a la estatua. Había intentado rememorar su prédica, pero ya de nada serviría. Y cuando estuvo ante el cuerpo neblinoso, lo había tocado.
Partes de esa nube se extendían sobre él permaneciendo durante un lapso vasto. Presumía que no se irían, que quedarían adosadas con quien ya las oraciones se consumaban para olvidarlas necesariamente.

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