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1/4/09

Especie cóncava

Abajo, debajo del agua podía amar y ser amado aunque no por siempre. Respirando tan profundo hasta donde los peces no soportaban la presión, él abría sus branquias y descendía, descendía desde la superficie de verdes.
Una leve bruma expelía el pantano. Como si fuese una mano acariciándolo, la niebla no se alejaba más de un metro. La mayoría de las veces los monjes que sobre su entorno habían caminado no lo veían, aunque les era conocida su existencia. Mientras la bruma quedaba sobre el lago, lo ocultaba. Pero sólo a la superficie verde, porque no había ningún animal ni planta ahí. Porque sólo residía la especie del pantano.
Cada monje recién llegado, y llegado durante el ocultamiento del lago, no sabía nada sobre éste. Aunque les dijeran que ahí estaba, todos ignoraban, no suponían tan impactante lágrima divina quieta sobre esa concavidad sosteniéndola para la apreciación de todos. Y cuando veían se acercaban a rezar, a orar por la gracia de tener dentro de sus dominios a ese prodigioso lecho de agua verde aunque sólo el hombre del pantano durmiese ahí, respirara ahí, pudiese residir ahí como si su único destino fuera.
Este monasterio bien había oído acerca de la leyenda del pantano, de su presa, de su llanto y agonía. Sin embargo, ninguno de ellos había prestado atención, siquiera se habían inquietado por averiguar la procedencia de tales argumentos. Y mientras, había una especie viviendo ahí.
Aunque estuviera como dentro de una cárcel, adoraba cada vínculo hacia el agua circundante, y veneraba cada inexorable ligazón. Es que nunca había emergido más que para mirar la bruma densa cubriendo la superficie, brincar o contener la respiración unos minutos contemplando verde luna sobre blanco pantano. Y a cada reflejo admiraba, a cada espejismo repitiendo circunstancias, adueñándose de las realidades momentáneas; hasta saberse libre estando en aquella prisión de agua compacta.
Durante ese otoño, durante el cuarto siglo en el que tanto la especie como los monjes habitaban ese prado, el monasterio se había ido puliendo, mejorando sus arcanas e histéricas ornamentaciones que libraba ante la expectación de cualquier visitante. Cuatro siglos, ya hacía cuatro siglos en que había sido escogida esa zona para la construcción. Porque después del milagro ahí visto nadie había dudado en santificarlo mediante siquiera un seminario para religiosos. Es que habían descendido nubes, de diversos tamaños y densidades, algunas de las cuales podían ser palpadas, sobre el terreno, bajo el cielo que había visto la fusión, la descomposición fronteriza para la revelación del prodigio. Y una nube había sido tan compacta que hoyó la tierra con su maciza envoltura.
Pero nadie siquiera había sospechado que una especie tan singular había comenzado a existir, a moverse cuando la primer lágrima del cielo se expulsaba desde las alturas como dejando caer a su hijo, o a una parte grandiosa de su reino.
La construcción del recinto sacro estaba compuesta por diversas cúpulas que se lucían convexas desde fuera. Cada persona al observar hacia arriba, veía una convexidad, una clase de aglutinamiento de presión del espacio que ahí estaba. Porque parecía preso, reo del encierro que la externa visión de una cúpula implica, preso por tanta presión para evitar su caída.
Abajo, debajo del agua había una concavidad para ser vista, apreciada como si una distensión, una esparción fuera. La mera vista que ésta traducía no era otra que la significancia de sustento, de amparo o espacio para morar sin inquietud alguna. Más allá de que haya sido producida por un volumen convexo (la nube), el hundimiento quedado había sido como dejado para revertir los orígenes o causas operantes, implicadas en su composición.
Abajo, debajo del agua había quedado, fuera del alcance de cualquier visitante; excepto de la especie del pantano que nadaba y descendía, descendía hasta alcanzar el profundo suelo. Podía verlo. Era capaz de apreciar la concavidad desde un extremo hasta el otro, y recorrerla. Era capaz de palparla, de rozarla y revolcarse sobre ella desprendiendo diminutos remolinos que disiparaban poco a poco la bruma de la superficie.
Recorriendo el perímetro recorría los límites, las fronteras de la laguna, el lago que de las nubes devenía para estancarse verde neblinoso cerca monasteril simbológica estructura. Para quedarse estancado y asimilar agua, hacerla suya, gota por gota hasta completar, llenar litros mediante vertientes caídas desde una nube convexa pero que no había deseado serlo. Al menos no había ansiado que de esa forma la reconocieran por siempre y en todos los espacios donde iba.
Descendía, descendiendo cada vez más se enfrentaba contra el suelo profundo, y se extendía tal cual era, se expandía hasta cubrirlo de extremo a extremo. Todo el cuerpo de la especie abarcaba la superficie de la concavidad convirtiendo la mimetización en un abrazo firme, en una adoración entre ella y él.
Se hacían uno. Cuando la especie se acoplaba junto al suelo, uno eran ambos. Se producía una asimilación entre una concavidad y una convexidad, entre el suelo y la especie. Pero se veía un plano cóncavo de dos pieles, pues ya carne era este vivo hecho, carne de un animal divino fundido bajo densa húmeda masa de líquidos, sobre seca tierra barrosa martilleando por la compactez hermética del embelesamiento, del cariño superpuesto.
Se hacía una pintura verde, una escultura en dos etapas, una sinfonía con burbujas, una unión yugular entre dos poseídos, dos atrayentes mutuos ante la aparición del otro. Y ambos eran cóncavos y convexos a la vez, pero desde el espacio dado para verlos, cóncavos.
En esta posición se habían mantenido durante un soplido de huracanes arenosos, durante ningún lloriqueo desde los podios lunares, durante la escasez desmesurada de siquiera un rocío para despertar jardines de secos tallos. En esta posición y no en otra, la especie se había quedado sobre la superficie como si supiera que una sequía eterna invadiría los campos del monasterio, la laguna. Y ahí había decidido quedarse por saber que cuando el agua se evaporara y ya ninguna bruma ocultase el lago, ella podría seguir reinando donde había nacido.
Arena y más arena habían traído los vientos que secaban cada árbol, cada fruto pronto a ser alimento de animales, arena gris, arena violeta volaba por los aires cayendo sobre todo césped verde. Lo hacía pérdida, recuerdo, olvido, lo deshacía para demostrar de esta forma la desaparición de cualquier vestigio celestial sobre tierra de hombres. Los monjes lo sabían, lo habían oído en procesiones y leído, lo sabían; como asimismo acerca de su impotencia cuando esto ocurriese.
La polvareda había secado los días y noches con mantos prontos para asimilar los rocíos desesperados y las lloviznas desconcertadas. La humedad ya no era tolerada sobre el manto que cubría todo haciéndolo seco, tenso e irremediable.
Aunque nada volviera a ser lo mismo, la especie no había huido frente a su posible extinción. Dándose con plenitud a la concavidad del fondo –y demostrando su prolija convexidad- se unió a su destino. Afirmó lo que desde siempre se había supuesto. Despejó dudas, las libró entre los huracanes de arena hasta llevarlas tan lejos como su definición de lealtad. Su compromiso se vio realizado cuando ya sin agua la laguna, un angosto cobertor ocultaba el suelo.
Arena, arena y más arena habían traído los violentos, los furiosos vientos hasta apaciguarse y dar paz a este territorio, al monasterio. Ya al advertir el cese de las inclemencias, los monjes habían retomado su rutina habitual mientras algunos se sumaban a la campaña de limpiar la pradera para que el césped volviera a ser llorado con penas funerarias. Es que el arcano maridaje había desaparecido, la historia de la especie había quedado como fantástica leyenda entre los lugareños, y la mágica bruma aniquilada en su propio espacio y bajo el mismo cielo sin restos para poder regresar.
Pero la especie no había muerto, y entre ella y el suelo de la laguna quedaba una verdinegra agua apresada con poca niebla.
Tanta sequía profetizada hubiera dado fin al ser vivo del lago, aunque pudiese perdurar de forma abstracta –apenas dotada con sentimientos de angustia-; tanta sequedad, secos vendavales acaecidos hicieron que la especia aún permaneciera de esa forma pues jamás alguien estaría dispuesto a reconocerla.
Ojos habían reposado sus miradas sobre ella. Ojos que nada advertían sobre las cualidades y capacidades de una forma, una silueta y figura que bien podía adaptarse al terreno en el que se dispusiera. Ojos que tal vez cerrados viesen en la convexidad de sus párpados una minúscula aproximación acerca de ella, aunque no en su color real.
La especie perdura ante cada uno siendo un ojo y un párpado. Abierto, cerrado, de una forma se ve y de la otra, no. La especie es un talismán que todos emplean sin saber lo que identifican; desconociendo la simbología audaz de lo que jamás ha de extinguirse, como húmeda pupila entre el prado monasteril de cada rostro humano.
La especie perdura y perdurará hasta que ya nadie desee ver, o emplear cada uno de sus ojos para que dos antípodas, bien y mal, se acaricien deshaciendo la dualidad que maltrata a cada hombre. Es que cuando un párpado se cierra, una convexidad se posa sobre una concavidad. Y aunque desde fuera esto no sea visto, el hecho es tan real como la subsistencia de la especie del pantano, como un ojo.
Ojos que se abren y cierran son un maridaje que se extiende durante toda la vida del hombre. Y pese a que éste no desee mirar, la especie debe cerrarse para humedecer la pupila que ve, registra y recuerda, que siempre verá y sabrá perpetuarse para demostrarse cóncava metáfora.

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