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25/3/09

Los mantos de Quien

Nada, nadie ofrecía siquiera un nombre para Quien amantelado. Nada cedía con algún acierto, alguna nimia descripción hacia el que por los bajos tercios parecía reinar. Nadie, nada ni nadie podían atravesar cuanto resistente enigma lo cubría.
Mantos ocultaban la fisonomía jamás vista del que permanecía tenue como la gravedad lunar, y mudo como la clarividencia solar. Aunque lo habían buscado sobre mantos de roca y bajo otros de agua, nada habían hallado. La sola esperanza de que se tradujese en cuerpo, en corporeidad física presente ante todos, obnubilaba; y ascendía hasta las esperas siempre imprevisibles. Pero nada ocurría.
Desde que había decidido compartir la ontológica exploración cada recoveco resultaba abismal; y cada campo exhausto, un rincón donde reían las escurridizas obsesiones en marcha.
Había sido entonces cuando abandonaban las miradas todo elemento lejano, distanciado –y por esto mismo creído propicio para esconderse- para ahondar las búsquedas en los territorios cercanos. Y desde ese momento comencé a desarmar lámparas, a abrir muebles y diversos mecanismos hasta quedarme enfrente del manto.
Los mantos de Quien parecían ser los que estaban sobre los demonios y bajo los ángeles. Es decir que estaba entre toda impiedad y clemencia, y en su plena aventura. Lo había supuesto (nada se demostraba aún). Y había decidido comentar la hipótesis de que lo más valioso tal vez se encuentre tan cerca como para no poderlo reconocer. Pero no me remitía a Quien, de Quien nada se sabía; ni si benigno o maligno fuese.
Descubría el manto mientras los otros hacían lo mismo. Algunos habían llegado a quitar hasta las tablas de sus mesas o de engranajes quietos. Pero muy pocos quitábamos mantos desde la tiesa planicie donde nada hacía volumen como para insinuarse ¡ahí!, y en espera.
Descubría uno, descubría otro. Dos manteles habían dejado último a uno transparente. Y comprendí que lo más añorado siempre estuvo a nuestro alcance, aunque de una manera tan desapercibida como la transparencia del mantel.
Quien, se hallaba ahí. Sus voces eran las de nosotros y sus audiciones las de todos. Su movimiento se mancomunaba con el tuyo, con el de él o ella: con el de todos. Quien, estaba inmóvil, como vos y como yo viendo este relato narrándose; viendo este cuento pronto a partir hacia algún manto, o hasta mí, o hasta vos. Tal vez seamos uno, Quien y yo; o Quien y vos. Es que si deseamos encontrarlo, si ésa es la búsqueda de los anhelos tanto tuyos como míos, creo en que no habrá quien pueda hurtarte el prodigioso hallazgo. De nada servirá quitar la tabla de una mesa cuando su concepto se encarna entre los mantos de cualquier piel.

2 comentarios:

AnDRoMeDa dijo...

Aplausos!
Verdaderamente un escrito muy interesante, inteligente, profundo... Me ha gustado mucho, Federico, tienes una forma de expresión exquisita.

Gracias por compartir con el mundo este escrito ;)

Un beso...

Andro.*.

Federico Laurenzana dijo...

Un beso, Andro. Que bueno que es poder compartir:)