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4/3/09

Curvado linealismo

Dentro de la curva de mi blanco pasillo nada ignora balancearse. Veces que invaden con la ilusión de verme lineal se trastruecan en veces imposibles. Cada roce convierte la blancura de la senda en homogénea realidad que nunca convence por indeseable.
Avanzo. Las redondeces de la pared se vierten como colas de unicornios caminantes. Se dilatan. Sus vueltas insocegables jamás perecen por pertenecer al rumbo de la verdadera rumia que contrae hasta desplazar cualquier intento de olvido. Es que somos uno, somos uno mientras piense lo contrario, mientras ufane el lineamiento del cuerno de los unicornios, o tal vez sus alas para atravesar los techos. Pero siempre manteniéndome en una recta dirección curvada.
No avanzaba realmente. Desde que había iniciado el caminar, ese pasillo angosto y blanquecino conducía hacia el primer pisar de los pisares a todas las andanzas. Y lo había notado. Lo supe desde que la historia de cuantos pasos di, doy o daré, se habían citado entre ellos para desprenderse de cuanto estuviera a mi alcance, lejos, alejado de cuanto pudiese dominar.
He estado en un pasillo curvo persiguiendo una linealidad, un lineamiento en el que la propia elección y su hecho se mancomunaran. Pero nunca lo he conseguido.
No lo alcanzaré por mayor pretensión jamás lograda, porque la división entre una línea y una curva –como emblemas de capacidad de gobierno y de imposibilidad frente a éste- continuarán presentándome como un débil potrillo. Como a un animal de carga quizás esta situación me haya dominado, hecho esclavo de todo antojo deseado.
Avanzo sin avanzar y sintiendo que los relatos idos y por venir de toda historia se desprenden desde cada protagonista como si el vuelo de un corcel alado usurpe desvinculando cada opción hecha.
Avanzo, aún cuando creo no perderme detrás de lo sabido, cuando persisto en hallar ese lineamiento dócil y dado para serme empleado. Y no avanzo cuando reconozco que la curva conduce hacia otra curva hasta los límites de mis ejecuciones optativas.
La linealidad curvada no será mi vida, entonces, será otra historia. Y éste es el real lamento del caballo cabalgado, pero no del unicornio.
Él vuela, hace y deshace a su antojo sin prescripciones ni réplicas. Ronda curvas libres pero siempre detrás de la línea de su cuerno director.

2 comentarios:

Diego Jurado Lara dijo...

Un auténtico placer seguir leyendo tus cosas. Me parecen..., bueno, ya lo sabes, pero no quiero dejar, de vez en cuando, un comentario de mis paseos por aquí y del deleite que me produce leer tus escritos.
Un abrazo.
Diego

Federico Laurenzana dijo...

Es mayor placer tu visita, Diego. Un saludo.