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18/12/08

Gesta de tintes

En las secas grietas las horadaciones coloras pueden ser vistas. Secas, aunque hayan humedades permitiendo la mezcla entre tintes, son secos compartimientos para librarse fecundos, amenos.
Cada color ha permanecido intacto, virgen donde la tempestad de los mundos todavía no había cegado mediante torrentes.
Cada uno certero, aislado se había refregado consigo mismo dentro del espacio que lo contenía. Y sabía limitar su dominio, y ofrecer tonos eternos ante mirares sonámbulos.
Sin embargo las agudas y temperamentales grietas no habían hincado sus bastones diciendo dónde estacarse, agujerear un continente. Y así se liberarían colores.
Pero las grietas no han producido solamente esto, no.
Cuando cada color permanente citaba sólo tres aristas de los triángulos presidiarios, era conversación de primarios, de esos primeros colores dados a tensar con brillo toda opaquéz, toda sombra. Ante nada ni nadie se habían alterado, ni siquiera modificado apenas sus semblantes inolvidables. Tanto el amarillo como el rojo y el azul, diseminados dentro de las parcelas de una esfera, nada mostraban de malaventuranza, de claustro. Es que se habían creído pronto olvidadas las cadenas empleadas, y siempre recordadas como símbolos de enemistad, aunque ajena. La única victimización que ellos podían adjudicarse era la de cada parcela.
Compartían una esfera compacta, un presidio triangular de inmaculadas tinturas desconectadas.
Cada grieta viva, calcinando la verborragia de las transmisiones, aún no había aparecido. Y mientras, un disco se acercaba. Deteniéndose junto a la esfera y dividido en tres partes, parecía acompañarla. Hacía, protagonizaba un conformismo fértil aquello que los tres colores secundarios acarreaba.
En la densidad del llano vacío la esfera y el disco habían estrechado distancias para verse, y se comprendían. Los seis ojos no pestañeaban, tres de cada presidio observaban como si ni quisieran insinuar algún intercambio o contacto.
Ya dos cuerpos, ya seis colores podían distinguirse entre lo no oscuro, lo no claro, entre la indiferencia cósmica. Ya los inefables elementos presentes se suspendían para la contemplación exhausta cuando a los colores miraban. Todo cuerpo, vivo o muerto, todo ente contorneando a los seis colores no dejaba de alejarse simpático tras la observancia. Ya vieran uno o todos, ya aprendiesen cuáles darían tonos al futuro creado era suficiente obsequio para cualquiera.
En la espesura del pleno vacío se habían conocido como si un cónclave, como si un proverbial encuentro fuese. Se habían presentado entre ellos sabiendo cada uno el puesto y labor designados.
En la densa espesura del vacío los plenos llanos habían comenzado a vibrar, a presentir una modificación.
Enteros y sin grietas, ambos habían rondado como si estuvieran relevando el mapa donde irían deparados sin estrategia alguna. Enteros, sin grietas: aún incomunicados.
Pero cuando la esfera fue atravesada por el disco hubo comunicación. La primera gran grieta libertó los diálogos tan esperados.
Si un objeto está sellado de forma compacta es imposible conectarlo con su exterior. El elemento debe abrirse o agrietarse para su proliferación y dejar de ser contenido. Es ésta una ley, una regla inexorable y a quien de ésta dudase lo invito a conversar con la boca cerrada y manos atadas.
Cuando la esfera es atravesada por el disco, seis colores se dispersan al azar posicionándose sobre un mundo de siluetas borrosas. A veces se mezclan, otras no. Pero siempre se radican donde están hasta siempre.
Cuando un color elige un cuerpo de la creación, firma en ella, deja una identificación. Pues el objeto puede ser identificado mediante éste.
Pero cuando un color escapa tras una grieta, elige durante la creación ser tono, nombre y adjetivo cósmico.

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