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25/12/08

Cuestión humana, cuestión divina

Las cuestiones que atañen a los diferentes seres no siempre son las mismas. Por esto seguramente ha surgido la observación que categoriza, nombra según diferentes características a cada especie. Estas divisiones -de acuerdo a cada clase de organismo pertinente- dividen, pero tal vez exista la oportunidad o la perspectiva para concebirla de otra forma. Es decir que cuando se contemple de algún modo toda clasificación como insignificante, innecesaria, se podrá ver la plenitud del todo en su unívoco concepto.
Sin embargo cuando tratamos de identificar algún objeto vivo o muerto, nos es imprescindible advertir sus características para que nuestra conciencia lo reconozca o asimile con otros conceptos semejantes; y lo aleje de los disímiles. Pero esto puede ser solamente una forma de desenvolvimiento, un método pronto a extinguirse si es que se afirma que no hay tales parentescos y divisiones.
Es cuando hablamos de seres con o sin vida, por ejemplo, cuando más notamos la discrepancia. Porque podríamos decir que la muerte es eterna y por esto mismo de mayor veracidad existencial que la vida finita, al apreciarla mediante parámetros de cantidad temporal. Y al contrario, decir que la vida mortal es la única valedera por saberse vinculada al mundo de los fenómenos en el cual no dejamos de influir mientras existe, mientras somos los protagonistas inexorables. Y esta visión sería la única posible para corroborar la polémica realidad.
Pero esto puede ser solamente una forma de desenvolvimiento, un método pronto a extinguirse si es que se afirma que no hay tales categorías.
Aún así volvemos a diferenciar (a modo de síntesis) entre dos aspectos: “ser o no ser” o “ser y no ser”. El primero tan conocido por la obra shakesperiana, ocupa, influye durante el estado mortal por tener limitaciones fenoménicas, físicas. Y el segundo corresponde al mundo de Dios por la presupuesta adjetivación de eterno y omnipresente.
Es que el ser humano puede ser, pero no podrá jamás ser y no ser al mismo tiempo. Puede ser un niño, pero no un niño en estado adulto, con todos los aspectos maduros de esta etapa a la vez. Es que no tendrá ese recuerdo de cuando hubo sido niño, además.
En cambio Dios, experimentando la eternidad e ilimitación de formas y contenidos creados o por crear, puede ser y no ser a la vez. Si no podría, se contradeciría su descripción, su modo de relacionarse con el universo y su capacidad para ser éste mismo. Y podría ser o no ser como un ser humano además, ya que nada le está prohibido ni vedado.
Es esta cuestión humana y divina ejercida al mismo tiempo la que deshace parcialmente las observaciones y sistemas categóricos que a nosotros nos resultan tan necesarios. Pero no a Él.
Dios prescinde de esta regla, pero no siempre. Porque no hay que olvidar que puede ser persona, un individuo como cada uno de nosotros para desenvolverse.
Y si es que somos todos uno, si todos los seres vivos e inertes son uno junto a Dios, existe la posibilidad de ser y no ser tanto como Él.

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