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6/11/08

Ocultas

Yéndose de las ruinas, esclavas del monte, nada podía ofrecerle refugio. Sobre el último escalón de la única escalinata comenzaba ese reino, ese dominio del temblor que se adueñaba de cuanto cuerpo rozara apenas con el nudillo de susurrantes aprietes y apresamientos.
Caída la oscuridad, aunque sin niebla que traduzca el entorno sólo para sí misma, la madre con sus dos hijas volvían hacia el templo deshecho. Se ocultaban bajo el altar de los sacrificios, donde tanta expresa mutilación había dejado una mesa de piedra para que ni siquiera la hambruna más hiriente produzca en un comensal su tabla donde darse alimentos.
La noche ya había caído para no levantarse. Ya nada sería claro, analizable, percibido para mantenerse en una memoria de iluminadas representaciones, de imágenes. Ya nunca se volvería a repetir un recuerdo de aquella familia en la que el padre se había retirado desde el primer embarazo.
La niña cuestionaba. Ella había construido una compleja estructura, unos amplios simientes para preguntar tanto a su madre como a su hermana mayor acerca de qué las aquejaba. Nadie respondía. Ninguna se animaba a dar al menos unos ligeros trazos temblequeantes de la amenazante cacería que las incluía. La niña callaba.
Vientos desde las altas colinas dispersaban sueltas hojas convirtiendo su vuelo en una carrera de insectos escapando. Es que todo ente con vida, y razonando, todo ser vivo había estado siendo víctima de arrebatos impredecibles y atroces perdiendo partes de su cuero cabelludo, partes de sus uñas y párpados. El victimario, aún desconocido, quizá se llevaba miembros de entes para elaborar a otro, o para construirse el mismo. Porque algunos hasta habían supuesto su incorporeidad. Entre estos últimos, la familia.
La madre había comenzado a recordar, había empezado a emplear su memoria. Aunque ésta le suministrara datos anteriores a la noche sedienta, ella se quedaba con las imágenes de su marido, de cuantas veces se habían ido de vacaciones o jugado en las plazas.
Recordaba cada uno de los juegos, hasta que recordó el póstumo. Invocaba a su esposo siendo simple para hacerle trampa, para ganarle de sencilla manera. Y lo último que rememoró fue cuando él perdió esa partida, y tuvo que darse como prenda. Desde ese entonces ninguna de las tres se acordaba de nada. Sólo sabían que debían correr, huir por una tortura pendiente.
Ella había observado a la mayor sin las cejas cuando regresaba de haber buscado unas frutas y diciéndole que iban a estar seguras siempre y cuando esperaran. Porque cuando no, cuando no estuviesen aguardando, ese estado significaría la aparición del hombre que hacía de su pasado un presente ingrato para ellas. Un hombre que las había reunido, pero no para volver a ser víctima, sino vengador.

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