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11/10/08

Rebautizado

Desde que he sabido tolerar, persistir frente a mi desconocimiento, solí no ser. Entregado a incertezas metafísicas de índole vulgar, común a todo ente, solía estar. Solía ser estando frente a entes que me decían quien era, como si fuesen espejos durante una noche de fantasmas mudos. Como incapaces de hablar, hacían de sus voces dictámenes para aceptar tanto dijeran. Cuando entre los minerales hundía las piernas hasta las rodillas, nada se me decía ni insinuaba impropio. Entre ellos daban mis pasos cómodos tratos, amenas aproximaciones hacia las piedras, hacia mí. Y era cual roca serena avistando ligustrinas, haciendo dibujos con su sombra sobre la capa gris de mi seriedad inmóvil. Cuando entre los vegetales deambulaba a cuerpo entero, todo parecía, todo era hecho tal como yo había sido. Entre ellos mis corridas se alternaban para saltar desde una hoja hasta otra, hasta caer dentro de la raíz que iba a ser yo mismo. Y era cual sabia inextinta serpenteando dentro de verdeados tallos desplegados, erizados como mástiles, invulnerables hasta frente al limbo de mi esbeltez demasiado atrevida. Cuando entre los animales comía tanto como siempre había comido, ninguno se asombraba de mi apetito desnutrido. Entre ellos zarpaba a presas, tajaba grandes –pero lentos- cuadrúpedos hasta saciar la depredación, la alimentación diaria. Y era cual invasor con colmillos de una mandíbula expuesta sobre la piel tensionada y suave, poco a poco, profundo cada vez un poco más, un trozo más ya desmembrado, quieto, quitado para pertenecerme. Cuando entre los humanos pensaba y alcanzaba elevados y bajos grados de comprensión, desde siempre había vuelto a mi persona. Por más que guerrease por desatarme ya y de una vez por todas del cuerpo que a todos nos ataba, nos sujetaba e impedía librarnos para ser sólo vuelos con regreso, alguna condición decía en qué pensar. Intervenía para que olvidara lo anterior, para que me disponga a solventar una temática corpórea. Y era cual personaje invalidado a desprenderse, a ser cielo y tierra al mismo tiempo, la cualidad inamovible de esta especie tan distraída que llegaba hasta a soñar y crear ilusiones de un universo esperando su llegada como si desde un pleno volar aterrizara sobre la plataforma divina con una prodigiosa estrategia de mando pensativo. Cuando entre los Dioses me entremetía, solía ser fantasma, grito lluvioso de negra terma clamando y clamando por ser oído, atendido y atendido ante su socorro. Cuando solo quedaba, solía estarme quieto, pleno y en somera autenticidad con los conocimientos que surgidos en mí decían lo tolerable que era. Tanto como para tratar de comprender el entorno. Había visitado tanto un panorama selvático que había llegado a bautizarme y sellarme con la composición de su entereza.

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